DIÁLOGO
Después de las presentaciones se generó un espacio de opiniones y conversación con los asistentes al encuentro. Se presentan a continuación los asuntos más relevantes y pertinentes desarrollados en esta sección:
Se profundizó sobre el tema de las inversiones de las empresas y su relacionamiento con la comunidad que podría verse afectada por el impacto en el entorno y medioambiente; es un tema muchas veces conflictivo y vinculado directamente a la confianza. Se señalaron ejemplos donde la solución pasó por relaciones personales de los ejecutivos con la comunidad y por un pago compensatorio. La gente, se señaló, empieza a creer más en la empresa y no tanto en la institucionalidad, en la norma ni en el Servicio de Evaluación Ambiental. "Esto tiene resolución ambiental", decíamos, "pero eso hoy día para la gente ya no tiene ninguna relevancia", destacó un asistente. Lo que es relevante, lo que otorga confianza, se señaló, es que tú personalmente como gerente o como funcionario de una empresa, ojalá carismático, está ofreciendo una retribución local, es decir, que la empresa va a pagar con alguna cosa directa y tangible. Ya no se trata de una compensación vía grandes proyectos comunitarios, se subrayó.
Sobre el punto levantado el rector Peña advirtió sobre el peligro de las soluciones mencionadas. Y se preguntó qué pasaría si la sociedad chilena estuviera construida agregativamente de esa manera, si todos los proyectos dependieran de las personas que los emprenden y de quienes se verían inmediatamente afectados. Sería el mundo total del clientelismo, un mundo de caciques negociando "clientelísticamente" con las comunidades y entonces desaparecerían el bienestar general y la noción de bien común. La legislación actual confiere un poder de veto prácticamente definitivo a las comunidades, las que tienen una "mercancía" para transar. Es un diseño inaceptable, expresó Peña, y lo que debería hacerse es intentar modificarlo, donde se requiere de una legislación medioambiental que evite el clientelismo y el caciquismo. La sociedad se construye sobre la base de compromisos impersonales y lo que tenemos hoy en día es un diseño de reglas medioambientales totalmente contradictorio con la racionalidad económica. Se trata de hacer coincidir la racionalidad económica con el sentimiento espontáneo que surge desde la cultura.
No se puede superar la pobreza y al mismo tiempo mantener incólume el paisaje, prosiguió el rector. La vida social consiste en compatibilizar bienes rivales, sacrificando algunos en pos de otros. Esta es la tarea de la política. A este nivel, entonces, la confianza de la que estamos conversando hoy día tiene que estar depositada en reglas impersonales bien diseñadas.
Se mencionó la idea de promover la ética y el cumplimiento estricto de las reglas y condenar cuando estas no se cumplen. La conducta ética supone una cierta propensión a ejecutar una cierta conducta, aunque yo sepa que no puedo ser coaccionado a que la ejecute, o no pueda ser descubierto. No se está enseñando la ética en las universidades. Cuando se confía en que la ley se aplica y los derechos están protegidos, ese es el momento donde se va a estar dispuesto a invertir, a innovar y a colaborar. Por otra parte, en muchos países de nuestra región no es casualidad que los dueños de los negocios coloquen a un familiar en la gerencia: es por un asunto de confianza, aunque ese pariente no sea el más preparado para el cargo, y de aquí el sistema económico paga un precio por la ineficiencia que supone esa decisión. Existe la hipótesis de que el sur de Italia es comparativamente pobre respecto del norte del país, porque en el sur se desarrolló la confianza interpersonal, los pequeños negocios intermediarios y la mafia. En cambio, en el norte italiano predominó la confianza hacia las reglas y eso permitió ampliar los negocios y crear, por ejemplo, grandes sociedades anónimas abiertas, las que en el sur de Italia prácticamente no existen.
El gran problema de Chile, desde el punto de vista cultural y que está en el centro de los problemas de confianza, es una crisis de anomia, es decir, un desapego de las reglas y las instituciones, lo que deviene y sustenta las conductas ilícitas y antiéticas que han proliferado en nuestra sociedad, desde corrupción y colusión a gran escala, hasta robos y delincuencia menor, no pagar la locomoción, vehículos que transitan sin patente o falsear información para obtener beneficios del Estado. Es la habitualidad de la trampa. Todo esto tiene muchas causas, una de ellas es una masificación profesional gigantesca, en tanto se incorporan a la vida profesional personas que tienen muy disímiles territorios vitales, historias familiares, orígenes de clase y étnicos. Entonces es muy difícil que, en profesiones tan masificadas, como por ejemplo la profesión de abogado, dispongan de un código de comportamiento ético compartido.
Otro factor explicativo de la anomia actual se le puede achacar a la política. De pronto en Chile, en octubre de 2019, todos se dejaron seducir por la idea de que era posible partir de cero, de que las instituciones por sí mismas eran malas, que coartaban la libertad, que lesionaban la autonomía, y que podríamos partir de un momento de cero. Es decir, suprimir las instituciones y rediseñarlas de nuevo. Este sueño, profundamente utópico, acabó deteriorando la dignidad de las instituciones.
Los dos factores señalados, entre los principales, por cierto, que han impactado negativamente en la confianza a todo nivel en nuestra sociedad y abren un preocupante escenario de anomia social. Se mencionó también la importancia de la información a los usuarios y clientes como un aspecto importante para la generación de confianza. Cuando la gente entiende mejor, los prejuicios se eliminan y la opinión sobre los proyectos y otras iniciativas mejora significativamente. El sentido del rol de la empresa en términos de su forma de aproximarse a la sociedad tiene que estar no solo vinculado a lo que la sociedad espera, sino también con el compromiso de hacer bien las cosas para poder legitimar su acción.
El desafío principal que hoy día tiene Chile en materia de infraestructura es de reglas, sobre todo en cuestiones medioambientales. Suele olvidarse, pero los grandes proyectos que causan problemas medioambientales son proyectos gigantescos que suponen atar el futuro. Si no se logra atar el futuro, los proyectos no funcionan. Pero atar el futuro quiere decir tener reglas claras, ex-ante, tener la certeza que no se van a modificar, porque finalmente estos proyectos operan con grandes créditos sindicados, cuya garantía es habitualmente un contrato de concesión, pero si el contrato de concesión va a poder ser cambiado por leyes interpuestas y extemporáneas, entonces el riesgo es gigantesco. Y lo mismo ocurre en medioambiente. ¿Cuándo termina el proceso legal ante un problema medioambiental? La respuesta es: no sabemos, porque se superpone un recurso a otro. Esto requiere la decisión política de poner una instancia final, lo que supone un cambio legislativo.